24 octubre, 2012

El peso del alma


Seguro y esto va encotnra de los derechos de autor de alguien jeje pero me encanto y no puedo dejar de compartirlo.

 El peso del alma
Angeles Mastreta

Ya no recuerdo en cuál, pero en alguno de los muchos salones de catecismo por los que pasé desde la infancia hasta la tardía adolescencia, uno de aquellos sabios ambulantes que eran los teólogos encargados de la formación juvenil, nos entregó un secreto que entonces no aquilaté como el tesoro que es. Puso en nuestra precoz pero incipiente curiosidad religiosa un tesoro de conocimiento que apenas hace poco valoré como tal. Nos dijo, durante alguna adormilada tarde de escuela, nada menos que cuánto pesa el alma.
Según la científica comprobación de remotos pero notables expertos de prestigio reconocido consultados por nuestro maestro, el alma pesa 405 gramos.
Tan contundente afirmación la derivaron de pesar un cuerpo poco antes de la muerte y justo después de exhalado el último aliento. La diferencia entre uno y otro peso fue de 405 gramos. Como todos sabíamos en aquel tiempo, cuando alguien muere el alma que habitó su cuerpo lo abandona y se va a otra parte mejor o peor a litigar su derecho a la gloria eterna. Por eso es absolutamente lógico que los 405 gramos que según aquellos teóricos pierde un cuerpo al morir, sean justo el peso del alma. Durante esos días no puse en duda lo que el hispánico maestro decía en su lengua mordisqueada porque mi alma de esos años pesaba quizá menos que los 405 gramos. Yo la imaginaba como un corazón de papel blanco instalada entre las costillas, que se mantenía siempre en paz. Por eso era luminosa, remota y prescindible como todo lo que uno tiene y no le hace falta. Por eso no pensábamos mucho en ella y jamás nos importó lo que podría pesar.
Pero si ahora pudiera yo encontrarme con el maestro de religión que tanto creía saber de los intrigantes misterios del alma, tendría algunas cosas que preguntarle. Desde las muy sencillas: Padre, ¿podría usted explicarme por qué los 405 gramos a veces estorban como diez toneladas?, hasta muchas otras, por ejemplo:
¿Por qué las culpas se acomodan siempre en los 405 gramos de alma?
¿Será que la lujuria le gana al buen comportamiento porque los varios kilos de un cuerpo ávido vencen sin remedio en la batalla que tan heroica e inútilmente dan los 405 gramos de alma?
¿O es que la lujuria está en el centro mismo del alma?
¿Con los 405 gramos pensamos y tomamos decisiones?
¿En qué parte de los 405 gramos se acomodan la nostalgia, la evocación de otros?
¿Recordamos con el cuerpo o con el alma?
¿Tememos con el alma o con el cuerpo?
¿Pesaba lo mismo el alma de Beethoven que la de Juan Gabriel?
¿Cuando las almas se van al cielo no le hacen agujeros a la capa de ozono?
¿Algunas almas pasean por el mundo sus 405 gramos antes de irse a otra parte?
¿No engorda el alma cuando el cuerpo se come un chocolate?
¿No adelgaza cuando está a lechuga y espinacas?
¿Los 405 gramos de alma alcanzan a llegar hasta la punta de los dedos, o todo lo que nos pasa por ahí es puramente cuerpo? Cuando la gente hace las cosas con "el alma en la mano" ¿no corre el riesgo de que el alma se le escape como paloma por andarla sacando del cuerpo en que debe albergarse?
¿Aquellos a quienes se llama desalmados pesan 405 gramos menos de lo que deberían pesar?
Si el alma de nuestra alma va y viene cuando quiere ¿por qué nuestra alma no puede irse de vacaciones y dejarnos en paz un rato?
¿Al alma le duele la cabeza o es nada más que el dolor de cabeza desquicia el alma?
¿Interviene nuestra alma cuando con todo el cuerpo queremos matar a alguien?
¿Quién insulta, el alma o la lengua?
¿Los que quieren con toda el alma sólo quieren con 405 gramos?
¿Quién devasta, el alma o el cuerpo?
¿Quién envejece, el alma o la cintura?
¿Quién elige, el alma o el destino?
Muchas preguntas más tendría yo para el experto en almas que era el padre aquel, pero mis pensamientos sobre el alma fueron interrumpidos los primeros días de febrero con la lectura de la sección numeralia a cargo de Sergio González Rodríguez. Ahí, muy tranquila, entre el número de traficantes colombianos que detienen las autoridades cada minuto y el número de fiestas laborales que se celebran en España cada año, había una frase de apariencia inocua que me puso de golpe a la mitad de un misterio del cuerpo que aún no logro descifrar, decía brevemente: "orgasmos que se han llegado a detectar en una mujer durante una hora: 131". Ante semejante información no tuve más remedio que abandonar las dudas sobre el alma y caer de lleno en las provocadas por la mezcla de incredulidad y envidia que tal número provoca. ¿Quién llevó la cuenta? ¿De dónde sacó esa información el número de mayo de 1991 de la revista Primera Línea? ¿Estaba el representante de la revista en la primera línea durante el experimento? ¿Qué canción de Luis Miguel le tocaron a esa chava? ¿Qué mezcla de Humprey Bogart, William Hurt, Al Pacino, Robert Redford y el cubano de El Padrino III colaboró en el logro de los 131 sobresaltos? Después del experimento le quedaron a esa mujer siquiera 3 gramos de alma? ¿Cada cuánto tiempo repite el numerito? ¿O sólo fue una vez y todavía está reponiéndose en un hospital? ¿No serían 13 y se equivocó el lunotipista? ¿No habrá fantaseado Sergio González? Los escritores pueden permitirse esos juegos, pero en algún momento deben confesar que fue ficción, y si no lo fue, hacernos el favor de proporcionar la información completa. ¿La buena señora da cursos entre semana? ¿Cuánto cuestan las inscripciones? ¿Asegura resultados? ¿Qué come? ¿Dónde vive? ¿Qué hace cuando se deprime? ¿O no tiene tiempo para deprimirse? ¿Podría nadar de Cozumel a Playa del Carmen? ¿En diez minutos? ¿Cuánto tarda en enchinarse las pestañas? ¿Cuántos kilos de papas puede freír en una hora? ¿Cómo es su firma? ¿Saben los expertos qué pasaría en el mundo si todas las mujeres pudieran obtener 131 orgasmos por hora? ¿Sería eso alcanzar la libertad o llegar en definitiva a la total esclavitud? ¿Sería perder el alma o ganarla de lleno para la mejor de las causas?

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